
Calificación:
Está muy
bien
Hacer las cosas en serio es divertido (Wynton
Marsalis)
Will Bernard es
uno de los guitarristas más versátiles de la actualidad. Serio pero no solemne
y siempre al servicio de proyectos de indudable rigor profesional.
Desde su integración al Peter Apfelfaum Hieroglyphics
Ensamble en los albores de los noventa a la fecha, ha recorrido
un amplio rango de estilos que abarcan jazz, música experimental,
hip hop, world music, blues, funk, etc. Su participación
en T.J. Kirk junto a John Schott, Charlie Hunter y Scott
Amendola, le permitió obtener reconocimiento y prestigio.
En 1998 debutó como solista con el álbum Medicine
Hat. En el 2001 editó Motherbug y en el 2005 Direction
to my House. En los últimos años ha alternado
colaboraciones en bandas como la Mike Clarke’s Prescription
Renewal, Robert Walter’s 20th Congress y el Stanton
Moore Trio. Ahora nos llega su ultimo trabajo discográfico: Party
Hats, que a la vez marca su debut en el sello Palmetto
Records.
Desde su título intuimos que el disco
tiene algún punto de contacto con lo festivo y la diversión,
toda vez que los mencionados “party hats” no
son otra cosa que los tradicionales gorritos de cumpleaños.
En mi trayecto por recolectar información sobre el origen
conceptual de la diversión fui hallando, para mi sorpresa,
un sinnúmero de alusiones filosóficas sobre su contracara:
el aburrimiento.
En filosofía, el aburrimiento aparece frecuentemente junto
a sentimientos como el disgusto y el miedo. Sobre estos temas
han escrito con innegable autoridad Schopenhauer, Postman, Aristóteles
y Nietzsche, entre otros. Sin embargo, el punto de vista más
descriptivo es el que ofrece Kierkegaard, quien teorizando sobre
el particular le adjudicó al aburrimiento la capacidad
de poblar el mundo.
Simple lógica. Dios se aburría y por eso creó a
Adán, pero como éste también se aburría
creó a Eva y a partir de ella…
¡Mamita querida! Todo el mundo empezó a divertirse
como loco… Venia gente de todos lados. Incluso quedaba
gente afuera del Paraíso…
Esto, o mejor dicho aquello, nos permite concluir en que el aburrimiento
es algo así como la prehistoria de la diversión.
Más o menos.
En Share the Sea Funky hallamos
rastros percusivos del ícono del afro beat, el nigeriano Fela
Kuti. Realzados por la combinación de jazz y funk con una
sección de vientos predominantes, montados sobre una rítmica
afro. El órgano Hammond B-3 de Will Blades establece
el marco estructural del que emerge un cristalino solo de Bernard de
fuerte contenido melódico, preciso, simple y sin desbordes.
El “a go go” de White Elephant nos
invita a realizar un rápido movimiento de las extremidades
inferiores, al tiempo que la parte superior o torso se balancea
mientras marcamos el ritmo dándonos pataditas en la nariz
con el talón. Siempre con la mirada fija en la nuca, a
la vez que formamos un círculo con la mano izquierda al
que penetramos repetidas veces con el dedo índice de la
mano derecha, sin perder el compás. La línea de
bajo desplegada por Ryan Newman resulta capital
en la constitución de la matriz rítmica, lo que
sumado al monolítico aporte de la batería de Jan
Jackson, brinda las garantías necesarias para
el desarrollo de los solos. El tema va ganando en intensidad sin
jamás apartarse de su eje melódico y del carácter
festivo que lo distingue.
La diversión es el uso del tiempo de una
manera específicamente planeada para el refresco terapéutico
del propio cuerpo o de la mente, e implica una participación
activa.
El grado de intensidad de la diversión suele depender de
varios factores: los aspectos psico-sociales, la finalidad estético-conceptual,
la relación entre lo finito y lo infinito, la mediación
lógica, la yuxtaposición de lo cualitativo con lo
cuantitativo, la abstracción y trascendencia de principios
que transmutan lo físico en metafísico y por sobre
todo… el grado de ingesta alcohólica de los participantes
de la fiesta. Esto último permitirá que la diversión
oscile entre untar con miel a nuestra suegra y encerrarla en la
jaula de los osos (no se imagina lo gracioso que puede resultar
ver la cara de asco del oso) hasta rociarla con combustible y
soplarle en su cara las velitas de cumpleaños (el efecto
psicodélico que se obtiene con una suegra en llamas es
una oda a la alegría).
Ripple Solo nos ofrece una diabólica métrica “in
the pocket”. El centro de la escena es compartido por
el saxo de Apfelbaum y la guitarra de Bernard.
Tras un pasaje en unísono, se bifurcan en un delicado contrapunto
de económico vocabulario y relajado virtuosismo.
En la intro de Leo’s Cat, Will Bernard expresa
su veneración por Jimi Hendrix. Ya en el cuerpo principal,
los componentes rítmicos y armónicos nos sumergen
en las profundidades del heavy funk en el que sobresale un efusivo
solo de órgano que sonrojaría al mismísimo
John Medeski.
Los milimétricos arreglos de Party Hats admiten
influencias provenientes de Eddie Harris y Lou Donaldson. La precisión
y solidez rítmica liberan de inhibiciones a Bernard, haciendo
que su guitarra suene como si Scofield tocara música surf.
Siempre melódico pero nunca ingenuo.
Afro Sheen enlaza con sencillez el funk y las fuentes
principales de la música del continente africano. Muy buen
solo de Apfelbaum seguido de cerca por un crucigrama
de acordes en guitarra.
En Chin Up, Bernard recurre a la guitarra
slide para asociar, en términos de sonido, el country blues
y la música hawaiana.
Newbie tiene ecos lejanos de Tutu,
tema de Marcus Miller inmortalizado por Miles Davis. Una contundente
base permite el lucimiento de Will Blades en órgano.
Claro que arriba de eso luce hasta el silbato de un árbitro
de fútbol cobrando penal en contra de nuestro equipo favorito.
Mientras tanto, Bernard rasguea, puntea, distorsiona,
berrea, hace pucheritos… parece que no era penal.
Un solo en saxo a cargo de Dave Ellis deriva
en Folding Green, en el que las congas de Josh
Jones, el órgano de Blade y la
guitarra con wah wah de Bernard se disputan
el rol percusivo.
El asimétrico diseño rítmico de Rattle
Trap encuentra su eje en las texturas de los instrumentos
de viento potenciados por el contraste de una guitarra que parece
asentarse en las huellas del blues.
El cierre es con Penske. Un ágil fraseo de Bernard actúa
como aviso de largada para que el resto de los miembros de la
banda salgan disparados como si fuesen perseguidos por un despechado
ser humano de sexo femenino o varios… ovarios. Buen solo
de guitarra, brillante intervención de Adam Theis en
trombón y una inesperada coda que nos recuerda a la Jimi
Hendrix’s Band of Gypsys.
Final.
Party Hats no
es la clase de discos que uno se llevaría a la tumba para que nos acompañe
en nuestra morada eterna; pero tampoco es del tipo que… nos
llevaríamos a la tumba para asegurarnos que nadie vuelva
a escuchar jamás. Eso sí, puede ser muy útil
y divertido escucharlo mientras pensamos qué llevaremos
y qué dejaremos…
Cumplamos la tarea de vivir de tal modo que, cuando nos toque
morir, incluso el de la funeraria lo sienta (Mark Twain)
- Sergio
Piccirilli
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